¿Es la interacción de mi hijo adecuada? La detección oportuna de indicadores para una intervención temprana

En varios contextos es común que escuchemos la frase «el ser humano es un ente social por naturaleza», dándonos a entender que tiene la necesidad implícita de relacionarse con quienes le rodean, por lo que la comunicación resulta un elemento clave para su desenvolvimiento cotidiano, permitiéndole interactuar con sus iguales, adquiriendo así conocimientos y herramientas para su posterior integración a la sociedad. Bajo esta premisa, nosotros mismos como papás somos capaces de identificar cuán adecuada resulta la manera de comunicarse de nuestros hijos desde sus primeros meses de vida.

De lo anterior se desprende la importancia de considerar otros factores como la socialización, que en suma, es el proceso por el que el ser humano aprende sobre los factores culturales y propiamente sociales en torno a él, para así poder integrarse a su núcleo de convivencia diaria en todos los niveles que éste conlleva (familia, escuela, trabajo, sociedad en su conjunto).

Entonces, la comunicación en sí misma es un medio mas no necesariamente un fin, pues un niño que se comunica para conseguir lo que quiere no precisamente implica que esté interactuando con su entorno y con los demás.

En el niño, durante sus primeros meses de vida, son varios los elementos básicos de manifestación de una comunicación temprana regular y una consecuente interacción social, tales como la sonrisa social, su respuesta a la voz de mamá y papá, así como de las personas cercanas a su núcleo y su respuesta a esto con gestos y sonidos, el seguimiento visual de lo que pasa a su alrededor, entre otros. Posteriormente expresa su emoción cuando ve a otros niños jugar, balbuceando y emitiendo gritos y sonidos relacionados expresamente con lo que observa, señala claramente lo que quiere y puede darse a entender; comprende el juego con su interlocutor cuando éste bromea, por ejemplo, con alcanzarle otro objeto cercano que no es el que el niño desea, al manifestar una «frustración empática», que se demuestra con risas y sollozos reconocibles.

Cuando el niño ha alcanzado el año de edad y durante los meses posteriores muestra reafirmaciones de su personalidad al ser más claro con lo que quiere, su lenguaje corporal acompaña y complementa la comunicación oral propia de esa edad, comienza a ser más reflexivo en relación con el medio que le rodea, explorándolo e identificando objetos y situaciones que antes no llamaban su atención, siempre acompañándose de una interacción con otros seres humanos a los que él identifica como capaces de ayudarlo en la consecución de la actividad.

Para bien o para mal, el ritmo de vida de nuestro tiempo muchas veces no nos permite detenernos -aunque sea un poco- a observar el comportamiento de nuestros hijos; muchas veces las señales de alarma son más evidentes de lo que podríamos considerar, por ello, la observación detenida y a tiempo de condiciones que puedan llamar nuestra atención resulta clave para una intervención temprana; no debemos esperar a romper los que nosotros podríamos pensar son estándares comunes en el desarrollo de nuestro hijo, por ejemplo, a que el niño cumpla cuatro años sin manifestación de lenguaje oral para buscar apoyo de un especialista, siendo que esta característica se acompañaría siempre de otra señales evidentes que pueden detectarse a una edad más temprana.

Como papás, no es necesario ser expertos para darnos cuenta de los indicadores que nuestros hijos manifiestan, pues nosotros también pasamos por un proceso individual de desarrollo que conllevó, a su vez, uno de socialización e interacción a los que nos hemos referido con anterioridad.

La detección oportuna favorece siempre a una intervención temprana, permitiendo alcanzar metas y objetivos significativos en el desarrollo integral del niño.

 

-Lucero Herrán

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